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jueves, 11 de marzo de 2010

IO E TE 3MSC

Hoy releo por fin aquellas palabras que me prohibí durante estos cinco años.
Hoy me doy un homenaje, me permito disfrutar -esta vez en mi idioma- de esta novela romántica que un Julio de hace ya tiempo tus mejores amigas pusieron en mis manos.



Era verano, pero en Irlanda llovía. Giulia y todas las demás no paraban de hablar del libro en el salón de su apartamento. Se emocionaban tanto que, olvidándose de mi escaso conocimiento de italiano, empezaban a explicarme todos los detalles a toda velocidad, intentando que yo comprendiese lo maravilloso de la historia.
Valentina, una chica menudita y guapísima que tenía tres años más que yo, se percató de mi expresión y le susurró algo a Lorenza al oído.
Lore se levantó del sofá y subió a su cuarto. Cuando bajó traía en la mano un libro con una fresa roja en la portada y un diccionario italiano-inglés.

Esa misma noche, emocionada, me escapé del barullo de la casa en que vivía y, aprovechando que mis compañeras de habitación habían salido, abrí el libro por la primera página, y empecé a leer en la soledad de mi habitación abuardillada.

Al día siguiente, en clase, le devolví a Lorenza su libro lleno de post-its con dudas sobre alguna frase que no entendía, o una palabra que no había encontrado en el diccionario.
Ignorando al profesor (al que, por cierto, Lorenza no necesitaba en absoluto para mejorar su inglés), mi amiga me explicó uno por uno todos los capítulos complicados, y pronto se le unió toda la clase. Mr. Weffer acabó por desistir, y nos dio un break veinte minutos antes de lo que se indicaba en el horario.
Parecía que todos los italianos de mi clase conocían la novela.
Para cuando sonó el timbre yo ya me había enamorado de aquella novelita rosa.

Después de otra hora más de clase, bajamos a comer.
Lore y yo esperamos a los demás, que venían de sus clases en los edificios contiguos.
Noemi y Martina vinieron rápido a preguntarme cómo iba con libro seguidas por otras chicas.
Yo me explicaba en pseudo-italiano (hacía unos días que había dejado de necesitar a Lorenza como traductora) y gesticulando excesivamente.
Todas me escuchaban interesadas, incluso la guapísima Giulia, que desde que había descubierto que tenía más cosas en común conmigo de las que creía me sonreía mucho más a menudo.
De pronto me di cuenta de que la sonrisa de Giulia se había agrandado notablemente, y sus ojos se llenaron de secreto deseo.

También Noe y todas las demás cambiaron de expresión.
Reconocía esas caras, y pronto mi predicción se hizo realidad.
Sentí unos brazos grandes y morenos abrazándome desde atrás, y un beso en la mejilla.
Luca y los demás chicos acababan de llegar.
Siempre se escaban un rato después de clase para fumar el segundo cigarro del día.
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Cogimos una bandeja cada uno y nos pusimos a la cola.
Martina no pudo aguantarse más:
"Iria ha letto 3msc!"
Alguno de los chicos exclamó un simpático "no, otra más no..!", otros me miraban sorprendidos de mi supuesta agilidad con el idioma.
(todos habían leído el libro).
Luca me miró a los ojos y, vocalizando sin hablar me dijo: "io e te, tre metri sopra il cielo".
Sonreí y le di un beso.

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Siempre que hacía algo así, uno de tantos detalles maravillosos que me brindaba cada día, siempre había algún grupito de chicas o chicos que susurraban sobre nosotros.


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Los primeros días sólo oía críticas: "es demasiado gorda, demasiado pija para él".
o aventuradas predicciones ("pobre españolita, Luca sólo la quiere para entretenerse").
Con el tiempo, gracias sobre todo a Giulia y a Lorenza, conseguí cambiar la opinión que la gente tenía de mí.
Aprendí italiano, cambié mi dieta y me di cuenta que sonreír a todos no significaba para las italianas lo mismo que para mí. Y mucho menos sonreír a sus novios.
La gente empezó a acercarse a mí, a respetarme tanto como lo respetaban a él.
Algunas chicas -todas mayores que yo- me imitaban, los chicos me ayudaban a llevar los libros o la bandeja en el comedor.

Mis compañeras españolas, que me habían abandonado al segundo día, empezaron a acercarse a mí de nuevo; me pedían ropa y me decían cuán perfectos les parecíamos Luca y yo.
Las disculpas llegaron tarde, yo ya tenía nuevos amigos.

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Siempre que hacía algo así, uno de tantos detalles maravillosos que me brindaba cada día, había algún grupito de chicas o chicos que susurraban sobre nosotros.

Aquel día todos los susurros, todos los comentarios y cotilleos coincidían.
Y desde entonces hubo quien se acostumbró a llamarnos Babi y Step.





dos años después lei Ho voglia di te, también en italiano,
pero un día me prohibí a mi misma leer un solo libro más de Moccia, en un nuevo intento de velar por mi salud mental.
después de haber borrado su número, tirado sus cartas, roto sus fotos,... privarme de leer ciertas novelas no fue un sacrificio demasiado cruel.

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[En alguna parte de Roma todavía cuelga un candado con tu nombre y el mío escritos, Lore me dijo que lo habías trasladado cuando el gobierno avisó que iba a retirarlos porque ponían en peligro algunas estructuras del siglo III.
En alguna secreta callejuela está escrita nuestra fecha, debajo de 3 palabras, un núm3ro, y 3 letras mayúsculas.]
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[En alguna parte de Roma quizás el aire te azote la cara montando en tu Vespa o quizás estés comiendo pizza con alguna de esas chicas que te miraban embobadas.
En alguna parte de Roma, o dondequiera que te encuentres, quizás mires al teléfono y, como yo, pienses en recordar juntos aquellos momentos en los que estábamos
a tres metros sobre el cielo.]


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TVB
.









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P.D. algunos me habeis preguntado por mi e-mail, está puesto en mi perfil, pero lo repito aquí no sólo para los que querais contactar conmigo, sinO también para aquellos que veais vuestra foto aquí y estéis en desacuerdo con su publicación, o queráis que os cite.
chic.chocolate9@gmail.com

miércoles, 20 de enero de 2010

Recordando la furia roja (III)

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Hace cinco años no conocía el poder del tiempo. Pensaba que ni los años ni los quilómetros significaban demasiado para nosotros. Quizás por eso no me deshice en pedazos cuando me separé de ti.

Todavía recuerdo tu acto romántico, algo infantil, de ordenar parar al conductor del autobús para poder darme el último beso.
Recuerdo las caras de mis amigas en las ventanas, llorando algunas desconsoladas.
Recuerdo las envidias de otras chicas italianas, más mayores y guapas que yo, que seguían sin entender por qué su chico preferido había escogido a una española normalucha.

Aquel tiempo juntos fue como una vida en otro mundo. Un mundo tuyo y mío.
Cierro los ojos y sigo oyendo tu voz intentando aprender español, te veo tumbado en el sofá de tu apartamento, riéndote a mi lado, y
siento el olor a lluvia de la Irlanda que encontró nuestros destinos.

Recuerdo a tu amiga Lorenza, la única que entendía inglés, y que tuvo paciencia suficiente para lograr hacerme hablar italiano. Giulia... era un año mayor que yo y daba la impresión de que no me consideraba "suficientemente buena". Pero fue quien me enseñó uno por uno los nombres de los grandes de la moda italiana.


Y, por supuesto, ahora más que nunca recuerdo nuestros sueños, planes y promesas.
Y sólo ahora entiendo por qué te entusiasmabas tanto al decirme que tu padre tenía una furia roja. (Sí, puede decirse que me volví fan de Ferrari también gracias a ti).

Un día que llovían
perros y gatos, como dicen los irlandeses, me quedé en vuestro apartamento hasta muy tarde. Ése día hablamos de nuestro futuro, y también de la furia roja. Me reía viéndote fascinado hablarme de coches y diciéndome que me ibas a querer por siempre.
Entonces me dijiste, también riendo, que no lo entendía, y me prometiste que, cuando cumplieses dieciocho años, si me seguías amando tanto como en aquel momento, me llamarías y me ofrecerías dar una vuelta en el Ferrari. Así, dijiste, comprobaría no sólo el por qué de aquella fijación con el coche de tu padre, sino también que lo que decías era cierto, y nunca dejarías de quererme.

No acabaste de convencerme, pero me sacaste una -otra- sonrisa y me quedé dormida con la cabeza en tu pecho.


Pensé en ti cada 19 de Enero. Pero el recuerdo de aquella minúscula conversación de un día cualquiera de los muchos que pasamos juntos se fue apagando con el tiempo.

Acabé recordándote como en parte de un sueño, de otra vida que nunca fue real.

Dejé que te llevaras la vivacidad de mis ojos, y yo sin ni siquiera saberlo.
Cuando oí tu voz de nuevo, casi pude sentir tu aliento delicioso al otro lado del teléfono, y en nuestra conversación constaté que no sólo habías sido el primero, ni siquiera una parte importante de mi vida, sino mi existencia entera.


Quizás no nos amamos hoy como creímos hacerlo cuando sólo éramos unos niños, quizás una relación romántica a tanta distancia sea de verdad imposible e incluso puede que jamás nos volvamos a ver; pero creo que puedes estar seguro de que Coruña y Roma jamás han estado tan cerca como ahora.

Espero que os haya gustado este post en tres partes.
Es un relato muy íntimo, una experiencia muy personal e importante para mí así que, por favor, dejad algún comentario si teneis tiempo.

Bi.

martes, 19 de enero de 2010

Feliz cumpleaños, cariño (II).


[continuación de la entrada anterior]

Mi clase había tenido suerte, la profesora de filosofía no vino y pudimos salir una hora antes de lo normal.
Es extraño cómo la acera que bordea el colegio parece casi desierta fuera de horario de recreos o de salida. Sólo estaba mi clase, sentados algunos en las escaleras principales, hablando y tomando el sol, otros en la parada de buses, fumando, o cualquier otra cosa.
Intentando olvidarme de aquella llamada perdida, me puse a consolar a una compañera que tenía un mal día. Pero era incapaz de escucharla, así que recogí mi bolso y los libros del suelo, y me dispuse a irme a casa.

Noté que algo vibraba en mi mano. Todavía no había guardado el iPhone de nuevo, y alguien me estaba llamando.
Por poco desfayezco.

Dos errores seguidos no son por accidente.


Sudando por todos los poros y temblando tanto que me veía incapaz de sostener las carpetas por más tiempo intenté descolgar el teléfono. ¿Respondo en italiano? ¿En español? ¿En inglés?
Dios! no sé que decir.- Me sentía estúpida.

-
Pronto?- digo tartamudeando mientras me acerco el teléfono a la oreja.
-
Ciao, bella. Quando vuoi andare a fare un giro in l'auto de papà?
No entendía nada, pero su voz atravesó mi corazón, liberó mi memoria, sentí tal cascada de sentimientos que fui casi incapaz de reaccionar.

Tan rápido como pude intenté ordenar mi mente para traducir lo que me había dicho. Pero mi memoria actuó más rápido. Ya había escuchado esa frase antes.

Mi subconsciente llevaba años esperando a que él me llamase exactamente el 19 de Enero de 2010. Pero hacía tanto tiempo que lo había archivado, como tantos otros recuerdos, que ya ni siquiera contaba con ello.

Respiré hondo, y respondí, a punto de llorar de alegría:
Buon compleanno, caro.

martes, 8 de diciembre de 2009

Ti ricordare per sempre (I)



Qué tienen las divas del cine italiano, y digo más: qué tienen las italianas y los italianos, que tienen siempre ese aire de exquisita sensualidad...

Como desearía volver a sentir cerca ese acento dulce, como una canción, como un susurro...

Palabras, que digan lo que digan parecen versos.
Sonidos que fluyen de unos labios que todavía no he podido olvidar, y que adoraba, porque eran responsables de aquellos besos que me transportaban al infinito.

Un pequeño oasis de romanticismo en el ritmo tan loco y desenfrenado como el que llevaba yo, rozando los diecisiete años, cada noche de las tantas que salía con mi mejor amiga a vivir la noche maltesa.

Ella intentó advertirme que no fuese a la playa con un galán italiano al que acababa de conocer. Como siempre, le hice caso, porque hay algunos temas, pocos, pero los hay, en que ella es más sensata que yo.

Aunque yo sabía que ese día se equivocaba. Lo supe desde el principio hasta el final, desde aquel ciao bella en la playa hasta aquel último Ti amo.

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