domingo, 27 de noviembre de 2011

Aquello que os debía.

En Madrid hace tiempo que ha anochecido, y aunque la ciudad esté ahora más despierta que nunca, alguien tiene que coger un vuelo temprano mañana.
Pero como siempre, Morfeo no me visita cuando más lo necesito, y de mi habitación de hotel sigue saliendo luz y humo pasadas las tres de la mañana.
Vestida, me acuesto en la cama sin deshacer.  En la mesilla, la botella de ginebra del viernes, una libreta, y una notita de esas dos hermanas mías con las que no tengo familia en común.

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Y se me viene a la cabeza ese reencuentro con ellas. Y cómo nos abrazamos, y cuánto las echaba de menos.
Pero ese no fue mi único (re)encuentro del día.
Y entonces recuerdo,...que le debo algo a alguien.

Gracias, memoria, por seguir dándome razones para mantenerme despierta.
En fin, de perdidos al río. Vacío de un sorbo una botella negra que llevaba abierta en el suelo desde el viernes, y me meto en la boca un par de macarons que compré para una amiga.

Cierro los ojos, e intento discernir todas las emociones de aquel par de horas para poder ponerlas en negro sobre blanco sin que suenen a topicazo, o a dramatismo, o a tablón de tuenti.

Algo me dice que no lo he conseguido, pero por suerte la misma vocecita irracional me hace creer que vosotros sabréis leer más allá, y con eso me basta.

Para todos los demás, da igual, esto no es más que una (otra) historia, en el sentido más peyorativo de la palabra.



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Resulta que era sábado, y en Madrid hacía frío, aunque ella, en fin, digamos que ya no sentía nada. Con su tobillo aún quejándose de los restos de un esguince, recorrió un par de distritos en tacones para empaparse de las calles, la gente, y los locales de la ciudad que hace un par de años la enamoró.

En cada tienda, revivió la pasión por eso que llama el octavo arte, y hizo una paradita en Serrano 34 sin quitarse a Julia de la cabeza.
Iba a tiro fijo, pero dio vueltas por la tienda durante una media hora, charlando con la encargada, con una clienta, hasta con un par de zapatos. Soñando con bailar sobre ellos con el hombre sobre cuyas iniciales descansaba su talón. Soñando con cabalgar vestida de blanco en aquel antro de los setenta.

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Aún sin saber si estaba en Madrid o en la Calle 54, y tras un rápido té con leche en el Starbucks más cercano, corrió a meterse en ese mundo subterráneo paralelo para encontrarse con ellos.

Bien, creo que es hora de parar con los indefinidos (a veces me paso con los ese-s y aquel-es)

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Y ahí estaba ella. En Ventura Rodríguez, consumiendo Marlboros light y ojeando revistas compulsivamente. Nerviosa como un novio que espera ante el altar a una novia que se hace de rogar.
Entonces, así como veinte minutos más tarde, ve un par de nucas de dos personas que suben la escalera. Y se dan la vuelta, buscando.

Oh.
Cómo actúo? cómo sonrío? cómo saludo? qué digo?
Beso. Beso.
¡Qué alto!
No me lo creo.
Y no sé si ellos tampoco, porque casi no les dejo hablar. Qué le voy a hacer, siempre me pasa.
Igual son nervios, igual es ese subconsciente mío que teme que si les dejo hablar se me caiga el mito. Pobre ignorante, mi subconsciente.


El brunch, por mucho que no fuera junto a la ventana, estaba riquísimo. Y el sitio, más que perfecto para el encuentro. De esos sitios que, por más que sean conocidos, no dejan de ser especiales. No más de cuatro mesas, gente guapa pero no aparentona. Íntimo pero no demasiado. Vamos, como esos dos muchachos con los que estaba sentada a la mesa.

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El tiempo de conversación se me hizo corto. Qué digo corto, cortísimo. Y a cada tema que sacabais o sacaba se me aceleraba el corazón, pensando: ¿y si en esto no pensamos igual? ¿y si todo se cae así, puf, de repente?
Pero no. Me enamorasteis. Me enamorasteis de verdad. A cada palabra, y cada gesto. Cada opinión compartida, cada sonrisa de interés por mi historia confesada. Sé que os habrá parecido lo contrario, pero no soy de esas personas que se abren demasiado pronto, por mucho que me exponga en el blog. Pero sentía que debía poneros en contexto.

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El caso. Le dimos un último sorbo a la mimosa y nos fuimos. Entonces pasó lo de la cámara.
Lo de la cámara, me explico, es ese “llévala tú, no, llévala tú” que tantas noches de fiesta me tiene pasado. Al final, resultó que nadie tenía cámara. Y como sabe Dios cuando volveremos a vernos, y por muchas ojeras que yo llevase, aquel encuentro debía quedar probado al menos en una fotografía.
Diez euros y un curso de formación profesional exprés en el uso de cámaras desechables más tarde, logramos hacernos esa foto. Aunque no fuese en un lugar ni bonito ni underground. Pero vamos, que para bonitos nosotros, y para underground,.. qué se yo, la boca de metro de fondo.

Y allá nos fuimos, esta vez juntos, de nuevo al metro. A prisa, nos despedimos. Cargada con más bolsas que cuando los saludé, salté del metro con la esperanza de volveros a ver.
Quizás la próxima vez sea en un desfile, o en una fiesta en la embajada francesa, o pujando por el palacio de la Caye.
Mi más bonito recuerdo de este fugaz viaje a Madrid os lo guardo a vosotros.
Pablo y Bea, ha sido un placer.

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Y así llego a la última página del pequeño bloc de notas del hotel en el que escribo.
Sé que me quedará mucho por decir, pero por fin parece que el sueño viene a buscarme.
El regusto del champagne marida bien con un último macaron antes de dormir.
Mañana todo habrá parecido un sueño.


Bi.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Yo quiero ser un poeta maldito.

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Yo quiero ser un poeta maldito

Olvidémonos por un momento de los manuales de autoayuda, las dietas equilibradas, las desintoxicaciones, la vida sana y todas esos cuentos tan siglo XXI
Octubre ya no es tiempo de dietas del bikini, y todavía no urge madrugar para estudiar.

Dejémonos también de luces de neón y alcohol barato. Juguemos a ser ninfas bailando con el resplandor de una lámpara a medio gas.

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Despertemos de una vez ese subconsciente nuestro, llamado a ratos m u s a, que tanto tiempo lleva roncando.







Llenemos copas de hadas verdes, y libretas de marañas de sentimientos. Prendámosle fuego a ambas.

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Gocemos la noche en buena compañía, escribamos historias de desamores en la hora en que los besos saben a alquitrán.
Toma asiento en primera fila y asiste a la decadencia de la fiesta. Siente un brazo en tu cintura doce horas más tarde de la línea que cerraba la crónica de tu diario.

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Pídele la hora a ese muchacho de ojos verdes. Recita con él en alto aquello de:

Tal como besa y muerde un pobre libertino
El seno martirizado de una puta vieja,
Así al pasar robamos un placer clandestino
Y lo exprimimos bien fuerte, como a una naranja añeja.

Y exprime la naranja, hasta que ya no le quede zumo.

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Y cuando eso pase, de nuevo, escribe.

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Claro que, citando a un poeta de los de ahora,

Si lo que quieres es vivir cien años
no pruebes los licores del placer.
si eres alérgico a los desengaños
olvídate de esa mujer.
compra una mascara antigás,
mantente dentro de la ley.
si lo que quieres es vivir cien años
haz músculos de 5 a 6.
y ponte gomina que no te despeine
el vientecillo de la libertad.
funda un hogar en el que nunca reine
mas rey que la seguridad,
evita el humo de los clubs,
reduce la velocidad,
si lo que quieres es vivir cien años
vacúnate contra el azar.
deja pasar la tentación
dile a esa chica que no llame mas


martes, 4 de octubre de 2011

las cartas que olvidé quemar.

"Las cartas de amor se escriben empezando sin saber lo que se va a decir, y se terminan sin saber lo que se ha dicho"
J.J. Rousseau 
  
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Cucciola mia,
Te siento aquí. Cada vez que río, tus carcajadas me hacen cosquillas en los oídos, cuando lloro, corro a buscarte, enfadada y cariñosa, tras la puerta.
Un bacione.
L.
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Piccola mia,
Hoy ha llovido por primera vez desde que volví. La última vez que vi llover tú estabas tras el cristal empapado. Las últimas gotas que recuerdo son saladas.
ti voglio molto bene, sai?
L.

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Cara Babi,
No pienso en otra cosa más que en volver a G. Creo que siempre estaré en deuda con Irlanda por presentarme a los ojos más bonitos del mundo.
Espero que en la escuela todo te vaya bien. Yo casi no tengo tiempo, te escribo pronto.

ti voglio tanto tanto tanto bene
ti amo così tanto
mi manchi tanto tanto tanto
 L.

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Cara mia,
Yo no, no te echo de menos. No extraño tu manos ni tu olor ni buscar constelaciones desde la almohada. Porque no puedes echar en falta algo que sabes que volverás a ver pronto.
Sé que no falta mucho para que te abrace de nuevo y el tiempo se pare como siempre que estoy contigo.
Ti amo Ti amo Ti amo.
L.


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Nunca volvimos a vernos.
Una muy buena amiga borró su número de mi teléfono.
La última noche de invierno quemé nuestras fotos y todas sus cartas.
El papel quedó reducido a cenizas, las palabras -tantas veces dictadas por su padre- en italiano y su voz saltarina recitándolas en mi imaginación se esfumaron entre las nubes.
Enterré lo demás en el fondo de mis recuerdos y tiré la llave al mar.


Hace un año que del humo resurgió su voz para reventar la cerradura.
Y sólo una semana atrás, bajo pilas de ropa, en una bonita caja de fotografías viejas y retales de mi infancia encontre un puñadito de notas manuscritas.



Algunas frases reactivaron su espacio en mi memoria.
Pensé que tal vez sería una buena idea escribir aquí algunas antes de volver a esconderlas para siempre.



Bi.



IO E TE 3MSC

miércoles, 28 de septiembre de 2011

martes, 20 de septiembre de 2011

Un capricho se diferencia de una gran pasión en que el capricho dura toda la vida.

Porque los días pasan y la ilusión, la pasión, para lo bueno y para lo malo, d e s p a r e c e n.
Y después de veintinueve meses de relaciones, besos, abrazos la pasión no se había ido, pero el amor, de verdad, seguía sin llegar. Y aquello era agotador.

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Cada uno por su lado y tampoco entonces pude usar la razón. Llantos, empachos, nervios, gritos y almohadas saladas. Pero ah, cuatro meses más tarde, la tristeza pasional y desgarradora comienza a abandonarme.

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Y así una vuelve a escribir aquí, cambia las cañas de cerveza por botellas verdes de agua con gas y se muda de nuevo a Santiago.

En los últimos años me he pasado temporadas viviendo con esa filosofía de live fast, die young and leave a beautiful corpse, justificando todo con locuciones latinas o italianas, ora carpe diem, ora dolce far niente.
PhotobucketTambién el placer justificaba los malos ratos. Porque cuando conoces el paraíso, se hacen más soportables unos minutos –a veces días- de infierno.
Y lo que más me aterraba era volver a la tierra. A la mediocridad, a lo mundano. Creía que jamás me iba a volver a conformar con menos, y me enfadé cuando él lo hizo.

La ira, por supuesto, también se desvaneció según caían las hojas del calendario.
Igual que las ilusión por volver a clase se extingue al pisar la calle después del segundo día de colegio, o a la quinta comida en tu nuevo piso compartido.

Pero, ¿y si lo que queda cuando toda la pasión se va, es lo que de verdad importa?
¿No es cierto que las parejas más sólidas son las que, aún cuando pasan los años, aún cuando el deseo merma, siguen amándose como el primer día? ¿No es más auténtico el esfuerzo, más valorado el estudio, cuando se persevera, a pesar de las dificultades?

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Un año después de empezar la carrera, algo más de ciento veinte días después de romper para siempre contigo, tras una semana viviendo con mi queridísima amiga, cuando ya han pasado un par de estaciones desde que la moda me llenase por última vez, me da miedo hacer balance.


Pero como parece que todas mis rabietas se han extinguido ya, el miedo tampoco tiene ahora sentido, y entonces, me doy cuenta.

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El hueco siempre reservado para él en mi vida, en mi mente y en mi corazón vuelve a tener los inquilinos que nunca debí haber descuidado, mi carrera empieza a no llenarme suficiente y adoro a mi amiga más que nunca.

La moda, era mi gran duda, mi gran dilema. Después de toda la tormenta, de la emoción de mis primeras Vogues, y la guerra de la desilusión, ¿Qué?

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¿Habría todo sido mi refugio adolescente, una afición que ahora quedaría para siempre en el olvido? ¿Recordaría mi colección de Harper’s, las visitas a museos, las horas pasadas leyendo a Menkes como ratos perdidos al servicio de una mera afición?

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Entonces recurro a style.com.
Cuatro horas y cientos de desfiles, noticias y posts más tarde, me siento a escribir esto.
Porque esto sí sigue emocionándome.
Sigo sonriendo como una boba con cada diseño de Elie Saab, corriendo a escribir a Bea cuando algo me indigna, y llamando Gabrielle a Coco Chanel. Sigo, y seguiré, siendo crítica con quienes dan demasiada importancia a los y las bloggers –sobre todo, personal style bloggers-, compartiendo ciegamente lo que Bryan Boy dice en este post, y admirando con locura a quienes hacen verdadero periodismo de moda.

Y recupero una vieja caja de recuerdos.

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[Recuerdos como unos pequeños triángulos negros de esmalte con cinco bonitas letras inscritas, el último número de Carine para Vogue París, la caja de mi primer esmalte de Dior y algunas fotos del maravilloso batiburrillo que es el estilo de MKOlsen.
Hay más que moda. Están los trozos de lazo que corté de mis primeras bailarinas de ballet, una cajetilla de cigarros de chocolate de hace un par de veranos, una foto de mi ahijada, y, allá en el fondo, esa carta que olvidé quemar.]

Surge –resurge- ese bum bum bum apurado que distribuye la sangre por mi cuerpo. 
El Arte de lo Efímero lleva a mis ojos el brillo de noches ardientes, o saltos en paracaídas, o finales de película épicos.

Entonces pienso que tú y tu buena relación te puedes meter tu seguridad y comodidad por donde te quepan. 

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Que exceso siempre fue mejor que defecto, que todo es relativo al amanecer, o quizás hagan falta diez años para relativizar los malos momentos, pero los buenos, siempre serán buenos.

Y con eso me quedo. Con las risas, y la emoción, y también los altibajos.

Porque eso da un nuevo sentido a los momentos buenos, y en general te sientes más viva y más llena.

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Porque beba lo que beba, viva donde viva, sea cual sea la razón que robe la calma de mi corazón, al final son esas pequeñas grandes pasiones -caprichos, para Wilde-, los arranques de delirio, los arrebatos, el frenesí, los que agitan y ordenan mi mundo.


 feliz de estar de vuelta, Bi.

P.D. este fue uno de los posts más ordenados y coherentes que he publicado y, sin embargo, me parece más caótico que ningún otro. Tanto, que ni título he podido encontrarle todavía.
Para bien, o para mal, esos que me pedisteis que volviera, espero que sigais ahí.

miércoles, 24 de agosto de 2011

A veces necesitamos un poco de Sur para poder ver el Norte

(des)montando mitos (II). A veces necesitamos un poco de Sur para poder ver el Norte


Después de implorar a todos los Santos y desayunar ibuprofeno con zumo de naranja (por si los años que llevo sin escuchar misa debilitan mi derecho a recurrir a ayuda divina) para que mermase, aunque solo fuera un poco, mi resacoso dolor de cabeza, nos dirigimos en bus al verdadero destino de nuestro viaje.

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Conil de la Frontera esperaba, acogedor, divertido, caluroso y sacudido por el viento de Levante, tras una sucesión de paisajes de lo más andaluces.
Sevilla quedó atrás, y yo me pasé gran parte del viaje pegada a la ventanilla, casi sin pestañear, intentando registrar cada imagen de las que variaban tras el cristal como los fotogramas de aquellos viejos aparatitos que se compraban como recuerdo turístico.

Recuerdo que yo tenía uno que una tía me había traído de Venezuela. De pequeña, cerraba un ojo y acercaba el otro a aquella pequeña ventanita, como la de las cámaras de fotos. Y pulsaba el botón. El salto del Ángel, majestuoso, bellísimo. Clic. Gran Sabana. Clic. Los Juanes. Clic. Pico Bolívar. Sitios en los que yo jamás había estado, fotografías tomadas por otros y puestas ahí para niñas como yo que soñaban con cruzar el charco.

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Pero esta vez yo estaba allí, y a la vez no estaba. Todo pasaba ante mis ojos a la velocidad del autobus, y la única forma de contemplar estas estampas de nuevo alguna vez era grabarlas a fuego en mi memoria.

 ----

Lo peor, o lo mejor, es que eso sucedió con cada momento del viaje.


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Fue una escapada de siete días no sólo a un lugar diferente, sino también a una forma de vida distinta.
A despertares entre amigas, pollo, nutella y cervezas como pilares de la dieta, bailes en pubs a pie de calle sin quince centímetros de tacón entre mi pie y el suelo.

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Sintiendo cada adoquín mientras me arranco por bulerías. Sintiendo los aires del sur de bar en bar, cigarro tras cigarro, paso tras paso y copa tras copa.

Clic.

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Y doy palmas, el verde de mi esmalte de uñas se agita a cada choque de anillos. Y de Melendi a Shakira, y los Delinqüentes,.. y la Carrá.



No sé por qué me sale cantar a viva voz que para hacer bien el amor hay que venir al Sur.

Clic.

Otro taxi, es tarde por hoy. El amanecer nos lleva inevitablemente a las aguas del Atlántico. Esto es una farsa –pienso-. Con esta temperatura no puede ser el mismo océano que baña Riazor.

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La enésima Cruzcampo, [el gozo de la juventud se agita en nuestros estómagos mientras]
saltamos las olas.

Clic.

Esta noche se nos hace tarde bailando en la terraza. Zapateando, agitándonos descalzas como si no hubiera mañana. Contando más de lo debido sin tener en cuenta que todo lo escuchan los vecinos.
Confesando, riendo, llorando a ratos.
Mejor a rato, en singular.

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Llorando fuerte, esforzándome en dejar todas las lágrimas ahí, perdidas en los abrazos de mis amigas, salando las sábanas blancas de cierto hotel gaditano. 

[La única parte de mi equipaje que no deseaba traer de vuelta a Coruña.]
El maquillaje ensucia el cuarto de baño, los tacones, una vez más, se quedan en el armario.

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Clic.

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Vamos a El Cortijo.
Lugar cuasi perfecto perdido e n  m e d i o  d e  l a  n a d a. 
Patio andaluz lleno de hombrecitos madrileños de camisa y americana. 
Chinos y bermudas, náuticos y alpargatas menorquinas.
Chicos on fire, on the flame, on the fire... qué se yo..
Y el aire de la calle a mi me huele a goma fresca.
COSMO. BRISA. BAILE. Sex on the beach. 

BESO.


Clic.

Los gallos cantan ya mientras arrastramos las maletas hasta el coche. El corazón agitado todavía, la música de radiolé nos despide desde el último taxi que cogimos.
Esperamos el bus exhaustas, morenas, felices.
Cuatro muchachos que ya se iban a dormir se paran a darnos conversación. Y ahí, en el colmo de lo simple, magnífico final para una semana indescriptible, uno se planta mi gorro en la cabeza y hace de una maleta su cajón flamenco.


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Clic.

NEGRO.

Se acabó la sucesión de fotos. Yo cierro los ojos, y me duermo.

---


El avión nos trae de vuelta a casa. Somos las mismas, pero diferentes.
Yo por fin he encontrado el Norte.

{Aquel dolor en el pecho, el insomnio, los llantos con solo pensar tu nombre están enterrados en mi memoria, aplastados por recuerdos de colores, caras nuevas y confesiones de viejas amigas en un balcón.}

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Un beso enorme, Bi.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Sevilla tiene un color especial.

(des)montando mitos (I) Sevilla tiene un color especial.



Y ahí nos fuimos. Yo, y esas tres mujercitas que me equilibran, me hacen reír, me consuelan, me apoyan, me hacen mejor persona.

Un miércoles de julio dejamos atrás la lluvia y, sombreros de paja en mano, nos plantamos en un avión rumbo a Sevilla.

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Y resultó ser cierto que Sevilla tiene un color especial. Y que huele a azahar, y su gente está hecha de otra pasta.
Lo del calor insportable también. Pero a quién le importa cuando hay un tabernero que domina el grifo de cerveza como nadie. Y tras la quinta caña de Cruzcampo se apaga mi speech de “digais lo que digais, la Estrella Galicia es la mejor del mundo”.
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Las carcajadas se interrumpían solo para engullir otro bocado de las tapas que llenaban la barra, y para cuando se vaciaron los platos el acento andaluz ya me había conquistado irremediablemente.
Paseamos en una nube de aromas, borrachos de calor y sonrisas, y con el recuerdo de aquella pizarra que contaba los días hasta semana santa, hasta el siguiente bar.
En el camino, anécdotas en cada rincón, fotos frente a la giralda, conversaciones que hoy son lagunas en mi memoria.

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Mi estómago recibió sonriente el gintonic que tomé en una terraza sobre el Guadalquivir. Y allí siguieron las charlas, empezaron mis tesis sobre hombres y críos y los bailes de canciones que ya no recuerdo.
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Embaucadas ya por el aire del sur, los bailes previos fueron tan solo un calentamiento para lo que sucedió en la última discoteca a la que fuimos.
Los cuerpos se agitaron, pies descalzos se retorcían sobre mesas de madera y decenas de estudiantes de Erasmus salpimentaban el ambiente de encanto Europeo.

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Tras la última copa, volamos en coche hasta el hotel.

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Me han contado que vieron a cuatro jóvenes zambullirse en la piscina de una terraza en el último piso de un edificio a punto de dar las seis de la mañana.
Gracias a un jardinero que vio, oyó y calló, incumplieron las normas y culminaron la fiesta empapadas a la luz de la luna. 
Corriendo por los pasillos de un hotel que ya dormía, mientras todo parecía ya tan solo un sueño.

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Bi.

viernes, 5 de agosto de 2011

having the blues? forget Häagen Dazs.

...and try NYmag.
sarcastic, ironic, hilarius, fast, brief and well-written, and not as harsh as fashion critics.
just how fashion journalism is supposed to be.

"You know that old saying about getting dressed in the dark? This girl didn't get dressed in the dark — she got dressed in the dark, went into the light, found some highlighters, old cassette tapes, and children's Halloween table cloths, then went back in the dark, took some acid, and put her looks together. But fashion sometimes gets off on this kind of thing. Do you?"
The Best and Worst of June and July Magazines 


de vuelta en casa, cocinando posts.
Bi. 

viernes, 22 de julio de 2011

As long as you know men are like children, you know everything.

Llego a casa tarde, cansada.
Me siento en el descansillo –es una larga historia, dejémoslo en “cosas de la wifi”- con la usual taza de té, el MacBook, y unas cuantas revistas viejas para re-ojear, re-descubrir e inspirarme a secas (y tan secas, el rooibos hierve y no puedo probarlo aún).
Paso páginas de Vogues que me incitan al consumo, hojas y hojas de editoriales magistralmente dirijidos por Carinne, estilismos de Giovanna. La siempre sorprendente Dazed & Confused. Entrevistas geniales de la Harper’s, la ironía clásica de la Vanity y...oh. De pronto, las Esquires.
Esquire.

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Esa ventanita (con tipografías guays) al universo de los hombres que amo. Y los hombres que amaría, al menos, tener en mi lista de contactos. Aunque sólo fuera para robarles sus camisas.

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Sí. Busco un hombre Esquire.
Si es heterosexual, bueno, you’d have made my day.
Bueno, en realidad, qué más dá. No quiero una relación al uso.

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Me vale un hombre que me hable de moda masculina con gusto, que me descubra nuevas marcas de ginebra cada noche de verano, que no me pida fuego, que me pida consejo al abrir el armario antes de salir, pero sin el tono perezoso de mi ex, más bien como una aventura.




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Un hombre, en definitiva. que use camisas blancas a veces, pocos logos y los zapatos apropiados para la ocasión.


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Que disfrute de un buen Jack Daniel’s con hielo, que sepa quién es Don Draper, y, si me apuras, Dick Whitman.
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Que fume (o no) pero que, llegado el caso, sepa hacerlo con clase. El señor Draper, arriba mencionado, sería una útil inspiración.


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¿está por ahí? Una persona, digo, que jamás me regale nada en forma de corazón, y flores muy pocas veces. Que encienda las velas justas y conozca los mejores hoteles.
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Que me lleve a Wimbledon y juntos hagamos competencia a una de mis parejas favoritas en las gradas. Hablo de Button & co.

Sí, por qué no, que le guste el tennis. O el baloncesto, tanto dá. O el jazz –por pedir...-

Y que lo que le guste, le apasione. Y me lo cuente, me lo explique.


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Oh, vaya. Mi imaginación se ha desatado. Y ya que estoy... quiero que tenga una sonrisa torcida, mirada penetrante, misteriosa, rebelde.


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Que me haga esperar alguna vez, que me haga volar por la autopista. Y en cualquier parte.

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Un aire a Barney Stinson se aprecia muy positivamente.

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Con hombros grandes & I will D-I-E.

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Y, por el amor de Dios, que sepa hacer al menos un puto Windsor. 
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Sin trampear con la aplicación del iPhone, please.
Que coma como un cerdito,  y tenga ese puntito de amargado en la mirada.

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Que no se pase con las lágrimas, ni con los te quieros. Ni con el indie ni las fotos.
Pero que de todo me dé un poquito.

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BONUS si sabe varias canciones de The Doors al dedillo.
Imprescindible compartir al menos algún director de cine favorito.
Sea como sea, la cita: Ezequiel 25:17 debería sonarle bastante.


¿Me he ido del tema? Mejor, volvamos –y terminemos ya- con aquel Esquire que acabé ojeando hoy al llegar a casa. Tiene algunas manchas pequeñas de salsa de soja en la contraportada y, entre las páginas, rastros de la época en que experimentamos con el tabaco de liar. Pero es en la portada donde está eso que me intriga, que me inspira, que me perturba y me ha llevado a las teclas después de aquel punto y aparte.
Son los ojos azules, la mirada seductora de Steve McQueen.
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Y así como en un flash, se me viene a la cabeza la colección de camisetas de Dolce & Gabbana con sus retratos.
Y eso me lleva inevitablemente de  Steve  a James.
Dean.
Madre mía.
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Claro, por mi cabeza pululan también Bass, y Depp. Y clásicos, obvio. Bendito Newman.
-aunque Dean vuelve, una y otra vez. Por favor, no me mires así-.


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Y pienso un poco en todos ellos. Y algo me recuerda a esa mujer, diva, musa, qué sé yo cómo definirla.. que entre otras cosas, de hombres supo un rato.

Se ve que una vez, ella dijo:
 “as long as you know men are like children, you know everything”.
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Amén, Gabrielle, Amén.

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Bi.

P.D. he intentado hacer una selección de fotos. Luego he pensado que qué carajo, que este es mi blog. Y las he puesto todas.


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